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Calientapollismo - Ellas


En España, se llama calientapollas a aquella persona del sexo femenino que contribuye a endurecer penes, a base de insinuaciones, miradas, sobeteos y actitudes, sin consumar por ello sus provocaciones. Este calificativo también es válido en el ámbito homosexual, donde musculosos mancebos las hacen pasar canutas a compadres más talluditos. Menos usada, pero igualmente útil, el "calientacoños", el seductor sin resolución, ha sido estudiado a lo largo de la historia con el calificativo de "Don Juan" y muchos piensan que, en realidad, es un homosexual reprimido.

Dicen que mi amiga Sara, bailarina y modelo al natural, simpática, atractiva y semianoréxica, "abduce" a los hombres, es decir, es capaz de hacer con ellos todo lo que quiere gracias a sus esqueléticos encantos.
Yo fui testigo de una de sus abducciones.

El verano pasado se echó un "amigo" al que llevaba a todos los saraos y reuniones. El tal Pepe, director de una academia de pintura en la que posaba, le compraba flores, la llevaba a cenar y, según la propia Sara, hasta calentaba su cama. "Bueno qué, ¿estáis enrollados?", le pregunté ingenuamente un día después de semanas viéndolos juntos. "No, sólo somos amigos", me contestó con su zalamería habitual. No puede ser, es imposible que el tipo se meta en su cama y no hagan nada, no pueden ser tan MODERNOS -cotilleábamos aquellos que todavía no hemos perdido la capacidad de sorprendernos.

Pues sí, eran sólo amigos, tomaban el sol en pelotas en la piscina, dormían juntos, pero, como ella misma decía con la más absoluta despreocupación y espontaneidad, "No es mi tipo para nada. ¿Pero tú lo has visto?. Pepe es un sol, como un hermano, ¿cómo sois?, ¿no pueden ser un hombre y una mujer amigos y nada más?". Coño, puede que tenga razón, en estos tiempos de la normalidad absoluta, de la amistad entre el hombre y la mujer, cualquier cosa es posible. A lo mejor es que me he quedado un poco atrasado, -me decía a mí mismo, imbuido de grandes dosis de corrección política. Sin embargo, un rayo de sentido común iluminó mi santurrona cabeza. "Ah, ya sé, ¿el tío es gay?", le dije convencido. "No, no es gay", contestó sonriendo. "¿Pero tú le gustas?". "Hombre, un poco yo creo que sí", respondió Sara con una inocencia virginal. Lo normal, vaya.

Al chico le gusta y está con ella porque quiere. Cada uno es libre de hacer lo que quiera, venía a decir mi amiga. Este tipo de situaciones se pueden definir con una palabra muy fea, para muchos machista, pero sumamente precisa. Calientapollismo. En su momento, se utilizaba para el rollete de discoteca pero hoy en día podemos extender su uso a las relaciones sentimentales más prolongadas.

El origen del calientapollismo sentimental de hoy, hay que buscarlo en el calientapollismo discotequil de hace unos cuantos años, cuando salir por las noches se conviritió en la forma de vida de la juventud de nuestro país. El franquismo acababa de morir y, de pronto, explotaron todas las libertades reprimidas durante tantos años. Los dos sexos se encontraron sin restricciones de ningún tipo y los modernos de la movida madrileña dictaron las normas acerca de la nueva libertad sexual. El petardeo nocturno se convirtió en un género de vida. Del Rockola y los garitos de pequeños burgueses, la cosa terminó por llegar a los barrios madrileños y de ahí hasta el último poblacho de la piel de toro.

Había nacido la marcha española. Pocos años después, periodistas y sociólogos extendieron por España un bulo acerca de lo mucho que follaban los jóvenes. El cuento se formó a primeros de los ochenta y fue propiciado por tendenciosos estudios sociológicos en los que el titular debía decir algo así como "Los españoles cada vez se desvirgan antes".

Por supuesto, los estudios siempre daban como resultado aquello que previamente habían presupuesto y si erraban, daba igual, el propio estudio, la estadística, contribuía a modificar la realidad, porque a nadie le gusta ser un bicho raro y llegar tarde a un placer de dioses. Así que había que desvirgarse cuando la estadística fijaba la normalidad. Los ingeniosos sociólogos, en su mayoría hippies y progres reciclados, suponían que, dado que los chicos y las chicas salían tanto a pubs y discotecas, coqueteaban, bailaban en plan sexy, veían pelis porno, hablaban sin tapujos de sexo y hasta se pegaban el lote, se debía follar más.

Si a eso se añadía que estas chicas eran hijas de la liberación de la mujer, debían estar liberadas sexualmente, luego debían follar con tanta despreocupación como los poquitos progres que hubo en los setenta. Por supuesto, se follaba más, (aunque sólo unos pocos), que en las timoratas generaciones precedentes, pero de ahí a que se consumaran la mitad de la mitad de las ocasiones que había para ello había un largo trecho. La mayor parte de las veces se establecía un juego de seducción que contribuía a elevar los egos de los adolescentes pero que rara vez fructificaba en algo más que unos lengüetazos. Eso, los que le echaban mucho morro. Porque muchos no llegaban ni a hablar con ellas, acobardados ante la súbita dureza y seguridad de las mujeres.

Había llegado la igualdad y el tipo masculino que va detrás de las tías había pasado de moda, por lo que empezábamos a no saber a qué carta jugar. ¿Resultado? Los chicos ya no sabían cómo ligar. ¿Esperar o actuar? ¿Hacerse el loco esperando que la casualidad los una o atacar al más puro estilo Tony Leblanc? ¿Pero quién coño se atreve a acercarse si eso es de machos?
Por supuesto, por mucho que hablaran de machismo y de la liberación de la mujer, al final, en el 90% de los casos el chico tenía que dar el primer paso, ("pero nosotras provocamos las situaciones", contraargumentaban ellas).

Lo cierto es que muchas se conformaban con que las "entraran", expresión que, para nuestros compadres latinoamericanos, significa iniciar el cortejo. Es decir, a muchas les gustaba saberse deseadas, incitar, provocar a muchos para no irse con ninguno.. porque el que les gustaba era, precisamente, el que no les hacía caso. Así que, en la época del encuentro de los sexos se produjeron muchísimos desencuentros. Uno por el otro, la casa sin barrer.

Así pues, era preciso reasignar los roles en el complejo mundo del cortejo sobre otra premisa. La igualdad. El macho y la hembra de la especie humana debían olvidar milenios en los que el cortejo había sido iniciado por el hombre para plantear unas nuevas situaciones. Los leones ya no rugirían, los ciervos ya no entrechocarían sus cuernos y los gorilas ya no se pegarían puñetazos en el pecho. Ahora les tocaba a las leonas rugir, a las ciervas sacar los cuernos (o que se los pongan) y a las gorilas golpearse los pechos. Seguro que los leones (y las leonas), los ciervos (y las ciervas), los gorilas (y las gorilas) se reirían mucho acerca de lo mucho que nos liamos los reyes de la creación. Así que la responsabilidad recaía en la llamada generación X (elijo este calificativo para entendernos, por mucho que a nadie le guste).

Estas primeras generaciones que han crecido juntas en colegios e institutos mixtos fuimos los elegidos para protagonizar un revolucionario cambio en las relaciones hombre-mujer. Después de ver el penoso ejemplo como pareja de sus padres, individuos, por lo general, incapaces de dialogar ni de exteriorizar sus emociones, las chicas, las chicas liberadas, empezaron a demandar chicos que las supieran comprender, que las entendieran. La lección que las habían inculcado sus madres era que los hombres no debían manejarlas, que tomaran las riendas y no las trataran como a ellas sus maridos. Independencia económica y sentimental. No a la sumisión. Así fue como el miedo al machismo se convirtió en un fantasma que ha atenazado, y sigue atenazando, a toda una generación de chicas españolas.

Seguramente como reacción a los autoritarios padres de la postguerra y de la nula comunicación que habían visto entre sus progenitores, muchas entendieron que la solución de su vida era encontrar una pareja blandita, comprensiva, maleable. Algunas, y puedo dar fe de ello, lo escogieron tan blandito que, con el tiempo, descubrieron que lo que de verdad le gustaba a su novio eran los hombres. Primer chasco. El mercado manda. Habíamos quedado en que se comían roscos los blanditos, los comprensivos. Para comernos un saci, los chicos tuvimos que abandonar la virilidad explorando territorios de igualdad y asimilando que ahora las chicas querían hablar y que las comprendieran. Así que si querías llevarte algo al huerto había que dar palique fino, sin groserías, porque la pieza podía volar.

Sabiendo que con la hombría no se llegaba a ninguna parte, tuvimos que explorar nuestros lados femeninos para hacernos amigos de nuestras futuras amantes. Esta fórmula mágica a menudo dio lugar a la fatídica frase de "sólo somos amigos" que, para entendernos, venía a ser algo así como que chico y chica se entienden muy bien, se lo pasan bien juntos pero no follan. A base de tanto hablar, Se volvieron tan amigos que ha muerto la pasión porque, ¿cómo te vas a poner a follar con tu hermano?
A la chica, (en la mayoría de los casos, aunque conozco algún caso contrario) le viene de maravilla tener una especie de lacayo que le eleva el ego y el otro aguanta, matándose a pajas, con la ilusión de que la cosa cambiará con el tiempo. Como mi amiga Sara y su amigo Pepe, vaya. Nos hemos metido de lleno en la veintena. Si después de tanto desencuentro, al tipo todavía le quedan fuerzas y no se cambia de acera, (por entonces, Ser gay empezó a ser guay), intentará devolver la pelota al sexo contrario.

Después de haber explorado nuestro lado femenino, muchos tíos aprendimos el arte del coqueteo, el calentamiento de coños y la humedad vaginal con el que, quién sabe, a lo mejor te trajinabas a alguna universitaria en periodo de promiscuidad. Porque eso sí, para entonces, algunas chicas, hartas de no catar maromo, decidieron hacer lo que les pedía el cuerpo: follar. Y, como no tenían pareja, tuvieron que lanzarse al ruedo del ligoteo, sin calientapollismos. Entonces supieron lo que es un calientacoños.

Dado que la edad del matrimonio se ha retrasado hasta la treintena, muchas españolas han pasado por sus épocas de promiscuidad sexual, ya sea de pafeto, discoteca o fiesta de pueblo. Un poco siguiendo las fantasías que aparecen en las películas, quien más, quien menos, se ha montado sus historias salvajes con desconocidos. El problema es que las películas nunca sacan cómo se queda la persona, una de las dos, quizás ambas, después de hacer algo tan íntimo como follar/hacer el amor. Las historias en las que ambos saben cómo acaba el polvo son extrañas y, por lo general, uno de los dos, -generalmente ha sido la chica pero la cosa está cambiando-, espera que la historia tenga una continuación. De ahí vinieron las penosas historias del "¿me vas a llamar?, seguro que no me llamas". Difícil es que dos personas que se han conocido de borrachera tengan mucho que decirse serenas, por lo que, si al tío le dio por llamarla a la semana siguiente, el fracaso fue tan absoluto que no lo intentó con la siguiente.

Y esto de que las utilicen como objeto sexual a ellas no les gusta lo más mínimo porque se podía interpretar como una nueva victoria del macho. El fantasma de su madre volvía a aparecerse. Segundo chasco. Follando tampoco aliviaban su soledad. Otras todavía lo llevaron peor, continuaron con sus dudas y miedos hacia el sexo masculino y alimentaron frustraciones que las metieron directitas en la treintena con una experiencia sexual digna de la madre Teresa de Calcuta.

Pero, como mientras tanto había que mantener el ego en su sitio, no se olvidaron de ligar, es decir, si por ligar se entiende coquetear y endurecer miembros viriles. He aquí el arte español por antonomasia: ahora me arrimo al toro, ahora te coloco unas banderillas, ese pase de pecho, esa verónica, cuidado que embiste y salgo corriendo... Casi siempre salen corriendo.

En este país, el coqueteo es casi un deporte; que un chico y una chica se pongan a hablar con doble sentido es relativamente sencillo. No en vano, las chicas de este país destacan entre las del mundo entero por su gracia y su simpatía (científicamente comprobado). Después, cada uno puede hacer como que no se entera de que las cosas que estaba diciendo estaban contribuyendo al calentón de ambos. Si sale, sale, si no, a por otro/a. Y si en el camino, alguno se queda colgado, él/ella contribuyó a ponerse la soga al cuello. La noche es juego y nadie puede poner en duda la espontaneidad y la inconsciencia de nadie. Los guiris son sin duda quienes más alucinan con la simpatía y facilidad de trato de nuestras compatriotas.

En un primer instante, claro. Frank, un alemán al que conocí recientemente, me comentó: "en mi país se coquetea menos y se folla más. Al principio, me encantaba el caso que me hacían las españolas, hasta que me di cuenta de que lo que les gusta es que las den coba". No dispongo de noticias acerca de los calientacoños españoles pero, dada la cantidad de españolas que exploran el paraíso cubano, (grandes machistas, por cierto) podremos inducir que tampoco están muy satisfechas con el macho ibérico. (¿Pero todavía existe ese animal?) El macho ibérico se ha vuelto el gay ibérico, y a la extensa fauna de calientapollas se han añadido muchos calientacoños.

Puestos a jugar, todos podemos hacerlo. Si se trata de insinuar y no dar nada, insinuamos y no damos nada... ambos. Así pues, la tortilla no hace más que volverse. Si las chicas ahora no quieren comprometerse, el chico sí, si la chica quiere follar, el chico quiere una relación, y de esta forma continúa el desencuentro hispano que está disparando los matrimonios con extranjeros de todas las nacionalidades, con especial predilección para los latinoamericanos, más tradicionales en esto de los sexos, porque más al norte, las cosas están todavía más crudas y el macho, todavía más acobardado. Y las mujeres, más frías, menos femeninas. Todo muy light, vaya.



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